miércoles, 12 de septiembre de 2012

Extravío

‎"Sabes que estás perdido" dijo el chico. Su sonrisa, que hace un momento le resultase tan irritante a Carlos, ahora comenzaba a alarmarle profundamente. Pensó en varias respuestas mordaces, pero era difícil ahora mirar aquellos ojos grises que de infantiles no tenían nada. Siguió adelante a través de la hojarasca y las ramas rotas. No sabía de dónde había salido ese pequeño insolente, ni qué hacía solo en ese sitio, pero algo le había impedido preguntarle sobre eso al encontrarlo y ahora, ya no sentía deseos de hacerlo.

Hacía algunas horas el cielo se había oscurecido con tupidas nubes que no terminaban de soltar su helada carga sobre el Ávila. Ni un trueno rompía la perturbadora calma de la montaña. Desde que el niño había aparecido, todo había estado sumido en una quietud cada vez más siniestra. Carlos había intentado ya algunas veces hacer llamadas telefónicas a un par de amigos y a su madre, ante burlas de su molesto acompañante, pero el inútil aparato permanecía sin señal y ahora, yacía en lo profundo de su bolso, sin batería.

Aún no se explicaba cómo se las había apañado para perderse siguiendo un camino que se sabía ya de memoria. Era tan rutinario para él ascender por Sebucán que ni pensaba para tomar ésta o aquélla "pica", o girar mecánicamente hacia el norte cuando sabía que la vía del oeste culminaba en un precipicio. Quizá ese había sido el problema, su falta de atención, darlo todo por sentado. No bien había cruzado ese pensamiento por su mente cuando el niño volvió a hablar, con palabras sombríamente adultas "¡Bingo! Ese ha sido siempre el problema ¿no crees?". Alterado ya, Carlos replicó "¿Qué coños dices, niño?" y quiso puntualizar su creciente ira con una mirada fulminante, pero el chico se la sostuvo con esos ojos viejos y cínicos.

Luego comenzó.

La tormenta estalló sin aviso alguno y Carlos abandonó todo interés por demostrar su enojo y desahogar su desconcierto con el muchacho desconocido para ir a refugiarse en una suerte de cueva creada por raíces entrelazadas, a unos veinte pasos de él. A pesar del corto recorrido, estaba empapado cuando se sentó en la tierra bajo los árboles. Las pesadas gotas arreciaban su bombardeo enceguecedor contra las plantas bajas y la tierra, que rápidamente se convirtió en un arroyuelo sucio y lleno de piedrecillas. Le costó unos segundos darse cuenta de que no había rastros del niño. Lo buscó con la mirada en todo el rango de visión que le permitía la oquedad, sin éxito.

Respiró profundamente varias veces para calmarse, y trató de pensar en otras cosas. Intentó recordar el camino por el que había venido, pero se figuró que la lluvia lo había hecho ya impasable a esas alturas. No tenía ningún punto de referencia. Sólo le quedaba seguir adelante en cuanto amainase el temporal. Observó su reloj y notó con consternación que había pasado un tiempo inusitado y ya medio día. Si no encontraba un camino de regreso pronto, le vendría la noche en esos parajes. La perspectiva de pernoctar en el Ávila no le había preocupado nunca, pero ahora era realmente insoportable. Se sentía increíblemente solo, y el miedo ya había comenzado a cobrar terreno.

Sacó unas oreo del bolso y se las comió tan lentamente como pudo. El dulce le animó un poco. Resolvió pasar el tiempo escuchando música, pero recordó que también su iPod se había quedado sin carga. Maldijo por lo bajo y apoyó la nuca en una raíz sorprendentemente cómoda. El ruido de la lluvia lo estaba adormeciendo. Se resistió todo lo que pudo, hasta que los ojos se le cerraron por un instante. Al abrirlos, en lo que le pareció a él apenas medio segundo, ya era ocaso. El único sonido a su alrededor eran las gotas cayendo en los charcos en el camino. Aún había suficiente luz para caminar y, a pesar de que la prudencia le decía que lo mejor era quedarse en su pequeña cueva hasta horas más luminosas, se levantó y comenzó a ascender de nuevo.

La extraña aparición del niño le hubiese parecido un sueño febril de no ser por su situación, que continuaba siendo bastante preocupante. Tratando de no pensar mucho en todas las escenas oscuras que le pasaban por la imaginación, subió por un terraplén y luego se apoyó en un par de árboles para escalar una pequeña pared de roca. El camino era ahora angosto y difícil de distinguir entre las sombras crecientes, pero era claro que hacia un lado se extendía una caída considerable. Aumentó el cuidado al avanzar y caminó por unos minutos que se le antojaron horas. Nunca había estado en esta parte de la montaña, y la inquietud y el miedo eran ya tan palpables que no encontraba ningún disfrute en la fescura del aire ni la fragancia de los árboles, que ahora se alzaban, amenazadores, a su alrededor.

Un poco más adelante, Carlos consiguió una parte en la que el camino se expandía notablemente, y observó con algún alivio que la montaña se podía ver por un mirador natural hacia el este. Prentendió definir, por la forma de los picos, alguna indicación de en qué parte del cerro se encontraba, sólo para caer en cuenta de que no reconocía ninguno de ellos. Sin duda algo estaba muy mal. Esas cumbres aplanadas y paredes pardas de roca no podían ser el Ávila.

Escuchó un sonido muy cerca de él, entre unos árboles a la derecha. Espió todo lo que pudo con sus ojos cansados. Esperó en silencio, atenazado por el terror, pero el sonido, similar a una roca golpeando a otra, no se repitió por minutos. Se disponía a seguir adelante para encontrar otro refugio en el cual pasar la noche cuando de reojo notó una sombra más espesa que las demás. Enfocó la mirada en el sitio y vio, para su frío y mudo horror, que era una figura humana, cubierta de telas sucias, colgada en una gruesa rama sobresaliente. La horrible masa se balanceaba lentamente en contra del mortecino brillo del sol crepuscular, y giraba suavemente en una dirección y en otra.

Carlos tornó sus pasos a la dirección por la que había venido, pero a su pesar sus ojos volvían una y otra vez hacia el oscuro ahorcado. Algo lo compelía a buscar entre las dañadas telas un rostro, facciones reconocibles. Por un momento aún, el giro azaroso del cuerpo no le permitió ver nada concreto, pero una ráfaga súbita de viento helado lo hizo rotar violentamente y le arrancó un retazo de tela negra.
El blanquísimo rostro que se reveló era el del chico. La sonrisa aún estaba allí, y sus ojos, Carlos alcanzó a ver antes de caer en la inconsciencia, seguían sin tener nada de infantiles, y aún menos de muertos. D.R.

jueves, 13 de enero de 2011

La Ciudad del Crepúsculo - Libro de Preludios, Parte I

El marcador Custom ACT Platinum ocupó su lugar de siempre. Carlos lo había limpiado con cuidado, así como Luis había hecho con su Airowgun. Ambos se tomaban su nuevo oficio clandestino muy en serio. No obstante Michaelo no estaba interesado en las armas... al menos no por el momento. Su disfraz de humano por poco había sucumbido ante las defensas del galpón.

El Príncipe caminó pausadamente por la suerte de salón de reuniones que los cazadores mortales había establecido en la vieja estructura al oeste de Cabudare. Su dedo enguantado pasó distraídamente por una de las mesas. Al levantarlo, comprobó que el cuero estaba aún bastante limpio. Sentía la pesada mirada de los dos jóvenes, que lo observaban ceñudos y silenciosos. Decidió romper la tensión.

"Bien" dijo, con un tono suave "Se estarán preguntando cómo he venido aquí y sobre todo, cómo encontré este sitio" Por única respuesta obtuvo silencio "Seré franco con ustedes, caballeros. Necesito de su colaboración".

Luis, el cazador más corpulento, se ajustó los lentes suavemente "No hacemos tratos con los Nocturnos".

"Suponía que dirían eso. El problema que veo en su negativa es que, de no cooperar conmigo..." prosiguió Michaelo, tranquilamente, con indiferencia "... Dos de sus amigos no verán el crepúsculo de esta ciudad un día más".

El que respondía al nombre de Carlos lo miró, impasible. Michaelo no sabía de dónde provenía la audacia y valor de éstos individuos, pero era sin duda admirable... y tan necesaria en este momento...

"Asumo que les interesaría saber...".

"Sabemos muy bien a quién tienes de rehén, murciélago" dijo Luis con sequedad "Y sabemos también lo que buscas de nosotros. No hay trato"

Michaelo se mostró visiblemente contrariado. ¿Era una broma? ¿Estaban jugando con él? No podía ser que les importase tan poco la vida de sus camaradas. Pero lo que vio en los ojos de los dos cazadores era determinación pura y no indiferencia.

"Comprendo" dijo, luego de estudiarlos un momento "En ese caso, me temo que tendré que decirles la verdad".

A su pesar, Luis se removió en su alta silla de bar, incómodo. Carlos dejó de jugar con las esferas de paintball que tenía entre los dedos de inmediato.

***

Veinte minutos después, Michaelo se encontraba contemplando ya la luna. Salamandra se acomodó el sombrero sobre los brillantes ojos.

"¿Y bien, Mich?" Preguntó, con un siseo.

El Ventrue se observó la mano que había tocado la mesa; el guante se había hecho girones y la piel estaba un tanto chamuscada "Han accedido" dijo, gravemente "Mantén este sitio vigilado. Eres el único que sabe moverse bien en este maldito laberinto".

Salamandra silbó "Tienen seguridad allí dentro, ¿no?" y se hizo algunos cortes en su propia mano con el afilado cuchillo, para imitar las heridas del Príncipe "¿Cámaras?".

"No vi ninguna, y eso me preocupa. No sé de dónde obtienen la tecnología, pero están casi tan bien equipados como tu lugar de trabajo" Afirmó Michaelo fríamente "No los presiones mucho. Sólo aposta centinelas y pasa por acá con alguna regularidad".

El Malkovian asintió silencioso, con una mueca de asco ante la sangre que manaba de su mano. Se lamió las heridas con su lengua bífida y abrió la portezuela del ford. El Príncipe entró y se acomodó en el asiento trasero, mirando una vez más el aparentemente derruído galpón. Cuando el motor arrancó y las calles comenzaron a fluctuar, pensó que había hecho el trato más peligroso en muchos años de gobierno.

***

En el galpón, Carlos lanzaba las esferas en un recipiente casi colmado que sobresalía de la pared en frente de él. Recipientes similares con esferas de distintos colores se encontraban colocados a igual altura, uno al lado del otro.

"No confiarás en él, ¿o sí?" preguntó, seriamente.

Luis, que había tomado su guitarra y rasgaba las cuerdas pensativamente replicó "Por supuesto que no"

Su compañero terminó con el breve pasatiempo y se giró en la silla, hacia una mesa cercana, en la cual abrió algunos paneles de metal, revelando sofisticadas terminales informáticas, todas presentando diferentes datos visuales y numéricos. Entre ellas, colocadas en concavidades especialmente diseñadas, se encontraban la XBox, el PS3 y el Wii, cónsolas que rara vez usaban para jugar, pues manejaban práticamente todos los sistemas de seguridad del escondite.

"Pero claro... tiene razón" dijo Luis de pronto.

Carlos se giró hacia él, desviando su mirada de la grabación del breve encuentro. El Príncipe caminaba por la pantalla como una especie de sombra algo difusa, pero aún perfectamente reconocible "¿Qué te hace decir eso?" preguntó.

Sin dejar la guitarra, Luis lo miró en silencio, sin mirarlo realmente, perdido por un momento en sus reflexiones. Luego respondió "Tú también lo has sentido, compadre. Tú también has visto cosas, como yo. Esta ciudad se está yendo a la mierda".

"¿Y qué haremos por los otros dos?" Preguntó Carlos, gravemente.

"Los buscamos y los sacamos de ese edificio" Dijo Luis, tranquilamente.

"Deben estar esperando eso" Advirtió el otro cazador.

"Precisamente por eso es que lo haremos" Fue la enigmática respuesta.

Carlos abrió la boca para preguntar algo más, pero Luis se le adelantó, como si le hubiese leído la mente "Fue el desgraciado asesino psicópata ese que anda con él. El tal Salamandra. Se mueve tan bien en Cabudare como cualquiera de nosotros" Dejó la guitarra con cuidado en el atril. Las siguientes palabras las pronunció con tal frialdad, que incluso su compañero se estremeció "Un día no tan lejano, lo veré comer ácido en vez de sangre. Ya verás cómo se acostará en su maldita madriguera por última vez muy pronto" Y se marchó a los dormitorios, sin decir una palabra más.

En la pantalla de uno de los terminales, las palabras dichas en el silencioso video eran traducidas a letras sobre un fondo negro. El Príncipe Vampírico volvía a decir "Cosas más terribles que nosotros caminan la noche y el día de esta ciudad, caballeros". Carlos, que observaba atentamente todos los monitores, tuvo una sensación de déjà vu.

***

La noche ya se acercaba a su punto más álgido cuando Hasfast revisaba con una gran lupa algunos volúmenes escritos con letras casi invisibles por su tamaño. Habían sido escritas en una prisión hacía muchos años, con una aguja, sobre piel humana.

El profundo silencio de la biblioteca le hubiese advertido de cualquier visitante terrenal mucho antes que sus múltiples sistemas de seguridad, diseñados para disuadir, y para preservar los muchos tomos. Pero el huésped sin invitación no era terrenal en modo alguno. Se aproximó como una sombra más profunda que la calma, y el bibliotecario sólo lo notó cuando el sonido de la moneda rompió la quietud.

"No te dirá nada que ya no sepas, Agonista" dijo una voz suave, demasiado sutil para ser de este mundo "Pero quizá el hombre que lo escribió podría darte algunos secretos" la moneda volvió a silbar en el aire.

Hasfast retiró con lentitud la lupa y cerró el libro de piel con gran cuidado. Luego se giró en su silla. Frente a él se encontraba un hombre rubio, de edad indefinida, de cabellos hasta el cuello, con ojos tan azules que parecían relampaguear (quizá lo hacían). El sombrero violeta no parecía concordar con la ropa gris, verde y negra, pero en el extraño, el conjunto se veía magnífico, natural incluso. Su mano izquierda jugaba constantemente con una moneda de plata cuyo movimiento no respondía a ninguna ley física, pero que siempre volvía a su palma. La mano derecha permanecía en el bolsillo del pantalón.

"Hermes" murmuró el vampiro, impactado "O Mercurio, como te llamaban los romanos".

"No soy ni uno ni otro. Al menos ya no, muchacho" dijo el visitante, con su voz argentea que parecía ser extremadamente sensible, tangible incluso "He tenido muchos nombres. Irónicamente, el único que importa es el que nadie conoce. Ahora, puedes referirte a mí como Truco. Pero eso ya lo sabes, sin duda".

Hasfast se levantó y le hizo una reverencia. Luego le hizo un ademán "Por favor, hazme el honor de pasar a mi despacho. Estoy seguro de que puedes estar cómodo virtualmente en cualquier lugar del mundo, pero no tiene sentido evitar el comfort cuando es posible" Dicho ésto se adelantó, recitó en voz baja algunas fórmulas en griego, y una de las estanterías llenas de libros se desplazó a un lado, dejando ver un amplio y suavemente iluminado salón con un escritorio de madera antigua como único mobiliario. Curiosamente, no había un solo libro en toda la habitación.

El escolar se hizo a un lado y dio paso al visitante, quien le retornó la reverencia y entró en el despacho con una lentitud increíblemente grácil. Se acomodó en uno de los sillones ante el escritorio y guardó su moneda. Hasfast se sentó en la silla tras la mesa, y observó a Truco con firmeza y un dejo de admiración.

Luego de un momento, los antinaturales ojos se levantaron y Truco habló "Los eventos han comenzado a desenvolverse. Has observado hasta ahora, ateniense, pero me temo que el momento de la contemplación ha pasado".

"Yo también lo temo. No obstante, ahora que estás aquí..." dijo Hasfast calmadamente "... Si es que realmente lo estás... he de aprovechar la oportunidad para preguntarte algo en lo que he cavilado por mucho tiempo".

La mirada de Truco perdió instantáneamente la intensa gravedad, y brilló risueña, llena de curiosidad "Dispara, vaquero".

"¿Qué hace a este punto del mundo tan exhuberante? He visto esta concentración de factores en otros momentos, pero jamás tan intensa, ni tan decisiva" Hasfast se arregló las plateadas gafas sobre la nariz, por reflejo.

"La esencia del Universo entero y de todas sus realidades es movimiento, librero" dijo Truco, sonriente "Pero todo movimiento es, en sí mismo, circular... redundante, si lo prefieres. Lo único que no redunda es el centro, el eje"

El bibliotecario bajó la mirada, pensativo, por minutos, o por horas. Al final, la subió de nuevo y sus ojos estaban más nítidos, iluminados con una luz siniestra y peculiarmente titilante "No comprendo tus palabras por ahora, Maestro. Pero las circunstancias me enseñarán su significado. Espero, por el destino de todo, que mi entendimiento no sea tardío"

Truco sonrió, literalmente radiante, y se levantó "Ha sido un extraño placer, Agonista. Las tradiciones de hospitalidad de tu tierra siguen intactas, según veo, y tienen en ti a un digno representante" Hasfast bajo el rostro, honrado. Truco prosiguió "Ahora, mi entera presencia es requerida lejos de aquí. O quizá no es requerida, pero sí necesaria. Toma" Con un rápido y fluído movimiento, sacó la moneda de plata y la lanzó en el escritorio, en donde quedó girando vertiginosamente "Redudancias. Sé que lo recordarás. Todo lo que hacen ustedes es recordar" Lo saludó con el sombrero y salió de la habitación, tan silencioso como había llegado.

Hasfast esperó a que la moneda se detuviese. Lo hizo sin caer en ninguna cara, permaneciendo en el canto. La tomó y la paseó por sus pálidos dedos unos instantes. Era cálida al tacto y claramente brillante.

Resuelto, apagó las tenues luces y activó los sistemas de seguridad. Esta noche, después de muchas decenas de años, había decidido salir a cazar. D.R.

jueves, 12 de agosto de 2010

Un Pecado Siempre es un Pecado

Larga velada, nada de sueño y mucho por soñar. También, muchas palabras por callar y preguntas por hacer de soslayo, entre el batir de las telas, la zozobra de la piel hundida en caricias, y todo eso que olvidamos bajo el sol y que resucita con los influjos lunares.

Tú tienes un secreto, por el que sonríes y que brilla en tus ojos, en doble acero y aros de miel. Es un secreto tan tuyo que ni yo lo adivino... pero me gusta el juego de seducirlo.

Tú me ves apasible y tranquilo, observando sin prisas, con las manos ocupadas en tejerte tapices de magia sensible y oscura. Apartas tu mirada. Tu secreto huye. Sonrío.

La noche hace promesas sencillas.

No hay dudas en nuestro diálogo discreto. No hay pesares ni cavilaciones. Tú anhelas mi elegante atrevimiento y me cortajas con un movimiento de caderas.

Hay vino sobre la mesa. Se derrama suavemente. Tu piel se estremece, puedo sentirlo. La delgada tela en la ventana esconde solo lo justo de tu silueta.

Tú, con mirada purpúrea tras la sombría cortina. Yo, con ojos nocturnos, midiendo las culpas por tus curvas. Tú sigues guardando tu secreto. "C'est très bien" te digo "Yo tengo el mío".

Tú, curiosa, solazada y sinuosa, serpenteas en mi cuello. Tus labios tocan mi oído y me susurran "Dis-moi, dis-moi ton secret".

Yo (sí, esta vez yo), deslizo la seda escarlata que separa tu pecho del mío. No hay nada más que hablar. Hay mucho qué decir.

Lo sabes, siempre sabes... Hay un Pecado más qué cometer. D.R.

viernes, 2 de julio de 2010

Del Mundo y sus Mil Zahires I



Un estudiante de filosofía crea toda una realidad paralela para el soporte de sus nuevas ideas. Otras visiones del mundo se expanden ante él y necesita espacio para depositarlas, fundarlas, construirlas. Lo sabe todo… ya tiene el camino hecho y su destino es obvio. En el mundo real, se concentra en defenestrar ideas ajenas, criticar los que naturalmente han de ser errores del pensamiento y deconstruir los mundos de otras personas, dudosamente concebidos y pobremente estructurados.

Este nuevo ser humano socialmente activo y políticamente hábil, canaliza sus esfuerzos a cruzadas de recreación de valores, de cambio de principios; se dilata por horas en debates profundos con otros de su misma especie, no porque desee comprender, sino porque espera que los demás tengan el juicio suficiente como para entender cuán equivocados están, antes de que sus argumentos los destruyan por completo públicamente. No desea la ignominia para aquellos que creen que, como él, hay un porvenir bien nítido para ellos al final de ese túnel intelectual en el que se encuentran irremediablemente en tránsito.  Una vez le hablaron de la importancia del autoanálisis, pero… francamente… ¿Para qué extenderse eternamente en análisis de cosas que ya se saben carentes de errores?

***

El político tiene mejores cosas que hacer que explayarse en planificaciones factibles para el mejoramiento de los procedimientos burocráticos de su jurisdicción, que al final, no servirán para nada. Hay muchos rumores qué escuchar, comprender y derrotar; muchos enemigos qué enfrentar abierta o subrepticiamente. Tiene una decena de campañas en movimiento, y en todas su rostro está al frente: protección de animales (otra forma de controlar el tráfico de fármacos en las aduanas); activismo ambiental (los Bonos de Emisión se han constituido en un negocio estupendo); derechos humanos (excelente rostro para el comercio con las mafias comunales de la ciudad).

El político llega a su casa luego de un arduo día de negociaciones oficialmente infructuosas, se sirve el Royale Salut en las rocas y piensa en la secretaria que le coquetea en el despacho del abogado de tal empresa; piensa en que el negocio con el capitán tal de las Fuerzas Armadas está yendo bastante bien, a pesar de la obvia estupidez de sus subordinados; piensa en el próximo comercial que debe hacer con todos esos niños de los barrios (gentuza insufrible, pero buenos escándalos visuales). Finalmente se ve a sí mismo en el espejo y casi se pregunta qué ha estado haciendo con su vida. Ha evitado esas incógnitas con gran éxito desde que su papá pagó el post-grado en Harvard hace veinte años. A pesar del tiempo, el éxito resurge en segundos, su mente se nubla y es hora de ir a dormir.

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El cardiólogo se prepara para otro día de ver pacientes. Algunos tienen dolores reales, otros imaginarios. A él no le interesa ninguna de las dos variedades. Lo que le interesa es que todos depositarán en su cuenta antes de la consulta y está planificando un viaje con su familia para Europa. Mientras se sienta tranquilamente para escuchar a esta señora que afirma no haber podido dormir por un dolor de pecho, sonríe ligeramente por conveniencia social y asiente con regularidad para afianzarle la confianza, mientras su mente divaga, y recorre imaginariamente aquella calle en Montmartre en la que, hacía tres años, consiguió esos pequeños ídolos de madera que ahora adornaban su escritorio. Con el siguiente paciente, un señor bastante mayor que se queja de mareos constantes, se pasea de nuevo por Barcelona y toma una vez más las fotos epónimas obligatorias frente a La Sagrada Familia. Unas cinco personas más, acompañadas con visitas guiadas a la Casa Blanca, el hot dog en Central Park, el reflejo de su hijo en Versailles, bicicletas en Berlin y un desastroso trago de absinthe en Amsterdam. Hora del almuerzo.

Acaba de olvidar lo que sucedió en las consultas previas a ese steak término medio en el Alazán. La vida es bella y buena. Agosto, sí. Agosto y un mes entero fuera del país. Pero por ahora, a disfrutar de la ensalada de aguacate y palmito, un cafecito y al consultorio otra vez, por un par de horas. Se tomará el resto de la tarde para prepararse para el concierto y pasará un momento por el Gama a comprar un par de botellas de buen vino. Ahora está pensando que quizá se excedió con el ejercicio. El brazo izquierdo le duele ligeramente, pero con un analgésico seguro se le pasa. Pensándolo mejor… ¿Por qué no tomarse toda la tarde y ya?

***

Ilusiones, realidades tan bien entretejidas que casi parecen ciertas y que, para muchos ojos poco interesados en ver con detenimiento, bien podrían pasar por la única verdad factible.

Un mundo lleno de mentes sin perspectiva, frente a paisajes que, por más profundos que sean, se le antojan bidimensionales a los más doctos e instruidos. 

***

Es un mundo bonito y frívolo. No hay más que discutir ¿Para qué esforzarse en ver más, si lo que se ve siempre es igual? Seguro esa extraña duda que ataca a veces… esa pregunta incipiente acerca de lo que pueda subyacer, es una broma mal gastada de una noche de borrachera o de mal sueño, que no termina de desaparecer por entero. Es improbable que un edificio sea más que un edificio, o que un libro diga más que las palabras en él escritas, por más que uno quiera creer lo contrario ¿No?

El sistema… la culpa, toda la culpa y nada más que la culpa es del sistema. El sistema es imposible de combatir; es un cíclope inmenso vestido en cota de púas. Ni se les ocurra acercarse demasiado. El sistema tiene la mala costumbre de tragarse a los que lo ven mucho ¿Para qué esforzarse, pregunto? ¿Para qué andarse con juegos peligrosos si la vida es tan sencilla? Deja en paz lo que tiene que estar en paz. Si hay guerra en tal continente, pues que se maten; si la economía de tal país está en crisis, pues que lo hipotequen. Seguro con unas cuantas marchas todo se arregla. Seguro con gritar consignas a toda voz por las calles, alguien nos escucha y todo se soluciona. Unas cervecitas luego de la caravana pro-derechos de alguien, y a casita.

¿Y el montón de panfletos que se imprimieron para la dichosa y exaltada marcha y que fueron a dar a la carretera con las latas y los vasos de plástico? Hmmm… no había pensado en eso, pero ¿Para qué preocuparse por esas cosas? El sistema tiene gente que limpia las calles ¿No? Pues que hagan su trabajo y listo el pollo.

El punto es ¿Por qué habría de preguntarme yo más cosas si la TV me lo dice todo? ¿Si tengo Twitter y lo único que publican las mujeres es que se sienten culpables por haberse comido un helado, y los hombres que ganó Federer? Tengo Facebook y lo que veo es a todos mis contactos uniéndose a grupos del tipo “Yo también le decía a mi mamá que iba bien en el colegio” o “Seguro encuentro 1000000 que odien a Chávez”. Si es así ¿El mundo no sigue igual? ¿No está todo bien? Es de gafos y de locos pensar demasiado. Se enferma uno y luego ¿Quién paga las consultas?

Mejor quedarnos con las respuestas claritas y obvias. Mejor no picar a la imaginación. Hay que ver a todos esos hombres que se ponen a pintar, a escribir y a pensar en cosas… y siempre terminan suicidados, enfermos o locos. Nooo… no nací para eso. Si las cosas salen bien, es Gracias a Dios. Si salen mal, seguro es culpa de los astros. Las cosas suceden por algo, y lo que sucede siempre es lo mejor. La vida es así. No hay más que averiguar.

¿Zahires? ¿Así se llaman ahora? ¿Quién inventó esa palabra? Suena a un nombre bonito. Se lo pondré a una hija mía algún día. Zahir Alejandra. Zahir Verónica.

Pero según este tipo, los Zahires son comunes. No quiero que una hija mía tenga un nombre común.

¡Wah! Ahora dice que estamos rodeados de ellos. Que nos dejamos distraer y no vemos nada claramente. Este tipo es otro loco más. Seguro le falta por crecer y vivir. Cuando se llega a mi edad, uno no se puede poner con pendejadas. Todo el mundo sabe que los filósofos están mal del coco. Todo el mundo sabe que los políticos son corruptos. Todo el mundo sabe que a los doctores lo que les importa es la plata.

¿Para qué pensar más en eso? Así son las cosas. Nadie lucha contra el sistema. Ni que fuésemos superhéroes o caballeros o cosas así. Eso sólo se ve en las películas.

Zahires… pfff… tremendo loco. D.R.

martes, 4 de mayo de 2010

La Presentación

"Un buen caminante primero debe presentarse, aunque permanezca siendo un desconocido luego de hacerlo" dice el que los recibe. Su apariencia, la de siempre, tan inusual y al mismo tiempo, tan familiar. Un crudo atuendo oscuro disimula apenas las heridas de su alma "Pero para algunos... ¡Ahhh! Para algunos soy muy bien conocido. Ustedes comprenden que no puedo decir mi nombre, o que ya lo he dicho tanto que lo he olvidado" La luz fría de la calle, las ventanas cerradas, el acento tenebroso de las avenidas parecen crear un nimbo en honor a las enigmáticas sílabas, las rítmicas desazones.

El caminante mira en todas direcciones y posa su mirada nuevamente sobre los visitantes "Yo seré su guía, si quieren, en los misterios de esta metrópolis del caos. Seré sus ojos cuando los suyos no vean más; su manos cuando las suyas dejen de sentir; su voz cuando no puedan gritar; incluso su corazón cuando ya no puedan amar más" Una débil sonrisa se dibuja en el retorcido rostro "Yo he sido hasta ahora, y seré su sombra. Sí, la de cada uno de ustedes, señoras y señores. Podrán caminar por esta Ciudad a gusto, tanto como quieran, y ver todo a través del lamento y la risa frenética de la realidad. Una realidad ilusoria, claro está, pero ¿Acaso no es esa la única realidad que conocemos todos? Yo seguiré sus pasos muy de cerca. No se perderán, y si lo hacen, no será por mi falta de vigilancia. Paseen entonces por esta nocturna esfera" Una brumosa mano les indica el camino "Comiencen su viaje por las letras que les mostrarán una visión atesorable y oculta de esta Ciudad en Tinieblas" D.R.