"Sabes que estás perdido" dijo el chico. Su sonrisa, que hace un momento le resultase tan irritante a Carlos, ahora comenzaba a alarmarle profundamente. Pensó en varias respuestas mordaces, pero era difícil ahora mirar aquellos ojos grises que de infantiles no tenían nada. Siguió adelante a través de la hojarasca y las ramas rotas. No sabía de dónde había salido ese pequeño insolente, ni qué hacía solo en ese sitio, pero algo le había impedido preguntarle sobre eso al encontrarlo y ahora, ya no sentía deseos de hacerlo.Hacía algunas horas el cielo se había oscurecido con tupidas nubes que no terminaban de soltar su helada carga sobre el Ávila. Ni un trueno rompía la perturbadora calma de la montaña. Desde que el niño había aparecido, todo había estado sumido en una quietud cada vez más siniestra. Carlos había intentado ya algunas veces hacer llamadas telefónicas a un par de amigos y a su madre, ante burlas de su molesto acompañante, pero el inútil aparato permanecía sin señal y ahora, yacía en lo profundo de su bolso, sin batería.
Aún no se explicaba cómo se las había apañado para perderse siguiendo un camino que se sabía ya de memoria. Era tan rutinario para él ascender por Sebucán que ni pensaba para tomar ésta o aquélla "pica", o girar mecánicamente hacia el norte cuando sabía que la vía del oeste culminaba en un precipicio. Quizá ese había sido el problema, su falta de atención, darlo todo por sentado. No bien había cruzado ese pensamiento por su mente cuando el niño volvió a hablar, con palabras sombríamente adultas "¡Bingo! Ese ha sido siempre el problema ¿no crees?". Alterado ya, Carlos replicó "¿Qué coños dices, niño?" y quiso puntualizar su creciente ira con una mirada fulminante, pero el chico se la sostuvo con esos ojos viejos y cínicos.
Luego comenzó.
La tormenta estalló sin aviso alguno y Carlos abandonó todo interés por demostrar su enojo y desahogar su desconcierto con el muchacho desconocido para ir a refugiarse en una suerte de cueva creada por raíces entrelazadas, a unos veinte pasos de él. A pesar del corto recorrido, estaba empapado cuando se sentó en la tierra bajo los árboles. Las pesadas gotas arreciaban su bombardeo enceguecedor contra las plantas bajas y la tierra, que rápidamente se convirtió en un arroyuelo sucio y lleno de piedrecillas. Le costó unos segundos darse cuenta de que no había rastros del niño. Lo buscó con la mirada en todo el rango de visión que le permitía la oquedad, sin éxito.
Respiró profundamente varias veces para calmarse, y trató de pensar en otras cosas. Intentó recordar el camino por el que había venido, pero se figuró que la lluvia lo había hecho ya impasable a esas alturas. No tenía ningún punto de referencia. Sólo le quedaba seguir adelante en cuanto amainase el temporal. Observó su reloj y notó con consternación que había pasado un tiempo inusitado y ya medio día. Si no encontraba un camino de regreso pronto, le vendría la noche en esos parajes. La perspectiva de pernoctar en el Ávila no le había preocupado nunca, pero ahora era realmente insoportable. Se sentía increíblemente solo, y el miedo ya había comenzado a cobrar terreno.
Sacó unas oreo del bolso y se las comió tan lentamente como pudo. El dulce le animó un poco. Resolvió pasar el tiempo escuchando música, pero recordó que también su iPod se había quedado sin carga. Maldijo por lo bajo y apoyó la nuca en una raíz sorprendentemente cómoda. El ruido de la lluvia lo estaba adormeciendo. Se resistió todo lo que pudo, hasta que los ojos se le cerraron por un instante. Al abrirlos, en lo que le pareció a él apenas medio segundo, ya era ocaso. El único sonido a su alrededor eran las gotas cayendo en los charcos en el camino. Aún había suficiente luz para caminar y, a pesar de que la prudencia le decía que lo mejor era quedarse en su pequeña cueva hasta horas más luminosas, se levantó y comenzó a ascender de nuevo.
La extraña aparición del niño le hubiese parecido un sueño febril de no ser por su situación, que continuaba siendo bastante preocupante. Tratando de no pensar mucho en todas las escenas oscuras que le pasaban por la imaginación, subió por un terraplén y luego se apoyó en un par de árboles para escalar una pequeña pared de roca. El camino era ahora angosto y difícil de distinguir entre las sombras crecientes, pero era claro que hacia un lado se extendía una caída considerable. Aumentó el cuidado al avanzar y caminó por unos minutos que se le antojaron horas. Nunca había estado en esta parte de la montaña, y la inquietud y el miedo eran ya tan palpables que no encontraba ningún disfrute en la fescura del aire ni la fragancia de los árboles, que ahora se alzaban, amenazadores, a su alrededor.
Un poco más adelante, Carlos consiguió una parte en la que el camino se expandía notablemente, y observó con algún alivio que la montaña se podía ver por un mirador natural hacia el este. Prentendió definir, por la forma de los picos, alguna indicación de en qué parte del cerro se encontraba, sólo para caer en cuenta de que no reconocía ninguno de ellos. Sin duda algo estaba muy mal. Esas cumbres aplanadas y paredes pardas de roca no podían ser el Ávila.
Escuchó un sonido muy cerca de él, entre unos árboles a la derecha. Espió todo lo que pudo con sus ojos cansados. Esperó en silencio, atenazado por el terror, pero el sonido, similar a una roca golpeando a otra, no se repitió por minutos. Se disponía a seguir adelante para encontrar otro refugio en el cual pasar la noche cuando de reojo notó una sombra más espesa que las demás. Enfocó la mirada en el sitio y vio, para su frío y mudo horror, que era una figura humana, cubierta de telas sucias, colgada en una gruesa rama sobresaliente. La horrible masa se balanceaba lentamente en contra del mortecino brillo del sol crepuscular, y giraba suavemente en una dirección y en otra.
Carlos tornó sus pasos a la dirección por la que había venido, pero a su pesar sus ojos volvían una y otra vez hacia el oscuro ahorcado. Algo lo compelía a buscar entre las dañadas telas un rostro, facciones reconocibles. Por un momento aún, el giro azaroso del cuerpo no le permitió ver nada concreto, pero una ráfaga súbita de viento helado lo hizo rotar violentamente y le arrancó un retazo de tela negra.El blanquísimo rostro que se reveló era el del chico. La sonrisa aún estaba allí, y sus ojos, Carlos alcanzó a ver antes de caer en la inconsciencia, seguían sin tener nada de infantiles, y aún menos de muertos. D.R.

