Un estudiante de filosofía crea toda una realidad paralela para el soporte de sus nuevas ideas. Otras visiones del mundo se expanden ante él y necesita espacio para depositarlas, fundarlas, construirlas. Lo sabe todo… ya tiene el camino hecho y su destino es obvio. En el mundo real, se concentra en defenestrar ideas ajenas, criticar los que naturalmente han de ser errores del pensamiento y deconstruir los mundos de otras personas, dudosamente concebidos y pobremente estructurados.
Este nuevo ser humano socialmente activo y políticamente hábil, canaliza sus esfuerzos a cruzadas de recreación de valores, de cambio de principios; se dilata por horas en debates profundos con otros de su misma especie, no porque desee comprender, sino porque espera que los demás tengan el juicio suficiente como para entender cuán equivocados están, antes de que sus argumentos los destruyan por completo públicamente. No desea la ignominia para aquellos que creen que, como él, hay un porvenir bien nítido para ellos al final de ese túnel intelectual en el que se encuentran irremediablemente en tránsito. Una vez le hablaron de la importancia del autoanálisis, pero… francamente… ¿Para qué extenderse eternamente en análisis de cosas que ya se saben carentes de errores?
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El político tiene mejores cosas que hacer que explayarse en planificaciones factibles para el mejoramiento de los procedimientos burocráticos de su jurisdicción, que al final, no servirán para nada. Hay muchos rumores qué escuchar, comprender y derrotar; muchos enemigos qué enfrentar abierta o subrepticiamente. Tiene una decena de campañas en movimiento, y en todas su rostro está al frente: protección de animales (otra forma de controlar el tráfico de fármacos en las aduanas); activismo ambiental (los Bonos de Emisión se han constituido en un negocio estupendo); derechos humanos (excelente rostro para el comercio con las mafias comunales de la ciudad).
El político llega a su casa luego de un arduo día de negociaciones oficialmente infructuosas, se sirve el Royale Salut en las rocas y piensa en la secretaria que le coquetea en el despacho del abogado de tal empresa; piensa en que el negocio con el capitán tal de las Fuerzas Armadas está yendo bastante bien, a pesar de la obvia estupidez de sus subordinados; piensa en el próximo comercial que debe hacer con todos esos niños de los barrios (gentuza insufrible, pero buenos escándalos visuales). Finalmente se ve a sí mismo en el espejo y casi se pregunta qué ha estado haciendo con su vida. Ha evitado esas incógnitas con gran éxito desde que su papá pagó el post-grado en Harvard hace veinte años. A pesar del tiempo, el éxito resurge en segundos, su mente se nubla y es hora de ir a dormir.
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El cardiólogo se prepara para otro día de ver pacientes. Algunos tienen dolores reales, otros imaginarios. A él no le interesa ninguna de las dos variedades. Lo que le interesa es que todos depositarán en su cuenta antes de la consulta y está planificando un viaje con su familia para Europa. Mientras se sienta tranquilamente para escuchar a esta señora que afirma no haber podido dormir por un dolor de pecho, sonríe ligeramente por conveniencia social y asiente con regularidad para afianzarle la confianza, mientras su mente divaga, y recorre imaginariamente aquella calle en Montmartre en la que, hacía tres años, consiguió esos pequeños ídolos de madera que ahora adornaban su escritorio. Con el siguiente paciente, un señor bastante mayor que se queja de mareos constantes, se pasea de nuevo por Barcelona y toma una vez más las fotos epónimas obligatorias frente a La Sagrada Familia. Unas cinco personas más, acompañadas con visitas guiadas a la Casa Blanca, el hot dog en Central Park, el reflejo de su hijo en Versailles, bicicletas en Berlin y un desastroso trago de absinthe en Amsterdam. Hora del almuerzo.
Acaba de olvidar lo que sucedió en las consultas previas a ese steak término medio en el Alazán. La vida es bella y buena. Agosto, sí. Agosto y un mes entero fuera del país. Pero por ahora, a disfrutar de la ensalada de aguacate y palmito, un cafecito y al consultorio otra vez, por un par de horas. Se tomará el resto de la tarde para prepararse para el concierto y pasará un momento por el Gama a comprar un par de botellas de buen vino. Ahora está pensando que quizá se excedió con el ejercicio. El brazo izquierdo le duele ligeramente, pero con un analgésico seguro se le pasa. Pensándolo mejor… ¿Por qué no tomarse toda la tarde y ya?
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Ilusiones, realidades tan bien entretejidas que casi parecen ciertas y que, para muchos ojos poco interesados en ver con detenimiento, bien podrían pasar por la única verdad factible.
Un mundo lleno de mentes sin perspectiva, frente a paisajes que, por más profundos que sean, se le antojan bidimensionales a los más doctos e instruidos.
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Es un mundo bonito y frívolo. No hay más que discutir ¿Para qué esforzarse en ver más, si lo que se ve siempre es igual? Seguro esa extraña duda que ataca a veces… esa pregunta incipiente acerca de lo que pueda subyacer, es una broma mal gastada de una noche de borrachera o de mal sueño, que no termina de desaparecer por entero. Es improbable que un edificio sea más que un edificio, o que un libro diga más que las palabras en él escritas, por más que uno quiera creer lo contrario ¿No?
El sistema… la culpa, toda la culpa y nada más que la culpa es del sistema. El sistema es imposible de combatir; es un cíclope inmenso vestido en cota de púas. Ni se les ocurra acercarse demasiado. El sistema tiene la mala costumbre de tragarse a los que lo ven mucho ¿Para qué esforzarse, pregunto? ¿Para qué andarse con juegos peligrosos si la vida es tan sencilla? Deja en paz lo que tiene que estar en paz. Si hay guerra en tal continente, pues que se maten; si la economía de tal país está en crisis, pues que lo hipotequen. Seguro con unas cuantas marchas todo se arregla. Seguro con gritar consignas a toda voz por las calles, alguien nos escucha y todo se soluciona. Unas cervecitas luego de la caravana pro-derechos de alguien, y a casita.
¿Y el montón de panfletos que se imprimieron para la dichosa y exaltada marcha y que fueron a dar a la carretera con las latas y los vasos de plástico? Hmmm… no había pensado en eso, pero ¿Para qué preocuparse por esas cosas? El sistema tiene gente que limpia las calles ¿No? Pues que hagan su trabajo y listo el pollo.
El punto es ¿Por qué habría de preguntarme yo más cosas si la TV me lo dice todo? ¿Si tengo Twitter y lo único que publican las mujeres es que se sienten culpables por haberse comido un helado, y los hombres que ganó Federer? Tengo Facebook y lo que veo es a todos mis contactos uniéndose a grupos del tipo “Yo también le decía a mi mamá que iba bien en el colegio” o “Seguro encuentro 1000000 que odien a Chávez”. Si es así ¿El mundo no sigue igual? ¿No está todo bien? Es de gafos y de locos pensar demasiado. Se enferma uno y luego ¿Quién paga las consultas?
Mejor quedarnos con las respuestas claritas y obvias. Mejor no picar a la imaginación. Hay que ver a todos esos hombres que se ponen a pintar, a escribir y a pensar en cosas… y siempre terminan suicidados, enfermos o locos. Nooo… no nací para eso. Si las cosas salen bien, es Gracias a Dios. Si salen mal, seguro es culpa de los astros. Las cosas suceden por algo, y lo que sucede siempre es lo mejor. La vida es así. No hay más que averiguar.
¿Zahires? ¿Así se llaman ahora? ¿Quién inventó esa palabra? Suena a un nombre bonito. Se lo pondré a una hija mía algún día. Zahir Alejandra. Zahir Verónica.
Pero según este tipo, los Zahires son comunes. No quiero que una hija mía tenga un nombre común.
¡Wah! Ahora dice que estamos rodeados de ellos. Que nos dejamos distraer y no vemos nada claramente. Este tipo es otro loco más. Seguro le falta por crecer y vivir. Cuando se llega a mi edad, uno no se puede poner con pendejadas. Todo el mundo sabe que los filósofos están mal del coco. Todo el mundo sabe que los políticos son corruptos. Todo el mundo sabe que a los doctores lo que les importa es la plata.
¿Para qué pensar más en eso? Así son las cosas. Nadie lucha contra el sistema. Ni que fuésemos superhéroes o caballeros o cosas así. Eso sólo se ve en las películas.
Zahires… pfff… tremendo loco. D.R.