El marcador Custom ACT Platinum ocupó su lugar de siempre. Carlos lo había limpiado con cuidado, así como Luis había hecho con su Airowgun. Ambos se tomaban su nuevo oficio clandestino muy en serio. No obstante Michaelo no estaba interesado en las armas... al menos no por el momento. Su disfraz de humano por poco había sucumbido ante las defensas del galpón.
El Príncipe caminó pausadamente por la suerte de salón de reuniones que los cazadores mortales había establecido en la vieja estructura al oeste de Cabudare. Su dedo enguantado pasó distraídamente por una de las mesas. Al levantarlo, comprobó que el cuero estaba aún bastante limpio. Sentía la pesada mirada de los dos jóvenes, que lo observaban ceñudos y silenciosos. Decidió romper la tensión.
"Bien" dijo, con un tono suave "Se estarán preguntando cómo he venido aquí y sobre todo, cómo encontré este sitio" Por única respuesta obtuvo silencio "Seré franco con ustedes, caballeros. Necesito de su colaboración".
Luis, el cazador más corpulento, se ajustó los lentes suavemente "No hacemos tratos con los Nocturnos".
"Suponía que dirían eso. El problema que veo en su negativa es que, de no cooperar conmigo..." prosiguió Michaelo, tranquilamente, con indiferencia "... Dos de sus amigos no verán el crepúsculo de esta ciudad un día más".
El que respondía al nombre de Carlos lo miró, impasible. Michaelo no sabía de dónde provenía la audacia y valor de éstos individuos, pero era sin duda admirable... y tan necesaria en este momento...
"Asumo que les interesaría saber...".
"Sabemos muy bien a quién tienes de rehén, murciélago" dijo Luis con sequedad "Y sabemos también lo que buscas de nosotros. No hay trato"
Michaelo se mostró visiblemente contrariado. ¿Era una broma? ¿Estaban jugando con él? No podía ser que les importase tan poco la vida de sus camaradas. Pero lo que vio en los ojos de los dos cazadores era determinación pura y no indiferencia.
"Comprendo" dijo, luego de estudiarlos un momento "En ese caso, me temo que tendré que decirles la verdad".
A su pesar, Luis se removió en su alta silla de bar, incómodo. Carlos dejó de jugar con las esferas de paintball que tenía entre los dedos de inmediato.
***
Veinte minutos después, Michaelo se encontraba contemplando ya la luna. Salamandra se acomodó el sombrero sobre los brillantes ojos.
"¿Y bien, Mich?" Preguntó, con un siseo.
El Ventrue se observó la mano que había tocado la mesa; el guante se había hecho girones y la piel estaba un tanto chamuscada "Han accedido" dijo, gravemente "Mantén este sitio vigilado. Eres el único que sabe moverse bien en este maldito laberinto".
Salamandra silbó "Tienen seguridad allí dentro, ¿no?" y se hizo algunos cortes en su propia mano con el afilado cuchillo, para imitar las heridas del Príncipe "¿Cámaras?".
"No vi ninguna, y eso me preocupa. No sé de dónde obtienen la tecnología, pero están casi tan bien equipados como tu lugar de trabajo" Afirmó Michaelo fríamente "No los presiones mucho. Sólo aposta centinelas y pasa por acá con alguna regularidad".
El Malkovian asintió silencioso, con una mueca de asco ante la sangre que manaba de su mano. Se lamió las heridas con su lengua bífida y abrió la portezuela del ford. El Príncipe entró y se acomodó en el asiento trasero, mirando una vez más el aparentemente derruído galpón. Cuando el motor arrancó y las calles comenzaron a fluctuar, pensó que había hecho el trato más peligroso en muchos años de gobierno.
***
En el galpón, Carlos lanzaba las esferas en un recipiente casi colmado que sobresalía de la pared en frente de él. Recipientes similares con esferas de distintos colores se encontraban colocados a igual altura, uno al lado del otro.
"No confiarás en él, ¿o sí?" preguntó, seriamente.
Luis, que había tomado su guitarra y rasgaba las cuerdas pensativamente replicó "Por supuesto que no"
Su compañero terminó con el breve pasatiempo y se giró en la silla, hacia una mesa cercana, en la cual abrió algunos paneles de metal, revelando sofisticadas terminales informáticas, todas presentando diferentes datos visuales y numéricos. Entre ellas, colocadas en concavidades especialmente diseñadas, se encontraban la XBox, el PS3 y el Wii, cónsolas que rara vez usaban para jugar, pues manejaban práticamente todos los sistemas de seguridad del escondite.
"Pero claro... tiene razón" dijo Luis de pronto.
Carlos se giró hacia él, desviando su mirada de la grabación del breve encuentro. El Príncipe caminaba por la pantalla como una especie de sombra algo difusa, pero aún perfectamente reconocible "¿Qué te hace decir eso?" preguntó.
Sin dejar la guitarra, Luis lo miró en silencio, sin mirarlo realmente, perdido por un momento en sus reflexiones. Luego respondió "Tú también lo has sentido, compadre. Tú también has visto cosas, como yo. Esta ciudad se está yendo a la mierda".
"¿Y qué haremos por los otros dos?" Preguntó Carlos, gravemente.
"Los buscamos y los sacamos de ese edificio" Dijo Luis, tranquilamente.
"Deben estar esperando eso" Advirtió el otro cazador.
"Precisamente por eso es que lo haremos" Fue la enigmática respuesta.
Carlos abrió la boca para preguntar algo más, pero Luis se le adelantó, como si le hubiese leído la mente "Fue el desgraciado asesino psicópata ese que anda con él. El tal Salamandra. Se mueve tan bien en Cabudare como cualquiera de nosotros" Dejó la guitarra con cuidado en el atril. Las siguientes palabras las pronunció con tal frialdad, que incluso su compañero se estremeció "Un día no tan lejano, lo veré comer ácido en vez de sangre. Ya verás cómo se acostará en su maldita madriguera por última vez muy pronto" Y se marchó a los dormitorios, sin decir una palabra más.
En la pantalla de uno de los terminales, las palabras dichas en el silencioso video eran traducidas a letras sobre un fondo negro. El Príncipe Vampírico volvía a decir "Cosas más terribles que nosotros caminan la noche y el día de esta ciudad, caballeros". Carlos, que observaba atentamente todos los monitores, tuvo una sensación de déjà vu.
***
La noche ya se acercaba a su punto más álgido cuando Hasfast revisaba con una gran lupa algunos volúmenes escritos con letras casi invisibles por su tamaño. Habían sido escritas en una prisión hacía muchos años, con una aguja, sobre piel humana.
El profundo silencio de la biblioteca le hubiese advertido de cualquier visitante terrenal mucho antes que sus múltiples sistemas de seguridad, diseñados para disuadir, y para preservar los muchos tomos. Pero el huésped sin invitación no era terrenal en modo alguno. Se aproximó como una sombra más profunda que la calma, y el bibliotecario sólo lo notó cuando el sonido de la moneda rompió la quietud.
"No te dirá nada que ya no sepas, Agonista" dijo una voz suave, demasiado sutil para ser de este mundo "Pero quizá el hombre que lo escribió podría darte algunos secretos" la moneda volvió a silbar en el aire.
Hasfast retiró con lentitud la lupa y cerró el libro de piel con gran cuidado. Luego se giró en su silla. Frente a él se encontraba un hombre rubio, de edad indefinida, de cabellos hasta el cuello, con ojos tan azules que parecían relampaguear (quizá lo hacían). El sombrero violeta no parecía concordar con la ropa gris, verde y negra, pero en el extraño, el conjunto se veía magnífico, natural incluso. Su mano izquierda jugaba constantemente con una moneda de plata cuyo movimiento no respondía a ninguna ley física, pero que siempre volvía a su palma. La mano derecha permanecía en el bolsillo del pantalón.
"Hermes" murmuró el vampiro, impactado "O Mercurio, como te llamaban los romanos".
"No soy ni uno ni otro. Al menos ya no, muchacho" dijo el visitante, con su voz argentea que parecía ser extremadamente sensible, tangible incluso "He tenido muchos nombres. Irónicamente, el único que importa es el que nadie conoce. Ahora, puedes referirte a mí como Truco. Pero eso ya lo sabes, sin duda".
Hasfast se levantó y le hizo una reverencia. Luego le hizo un ademán "Por favor, hazme el honor de pasar a mi despacho. Estoy seguro de que puedes estar cómodo virtualmente en cualquier lugar del mundo, pero no tiene sentido evitar el comfort cuando es posible" Dicho ésto se adelantó, recitó en voz baja algunas fórmulas en griego, y una de las estanterías llenas de libros se desplazó a un lado, dejando ver un amplio y suavemente iluminado salón con un escritorio de madera antigua como único mobiliario. Curiosamente, no había un solo libro en toda la habitación.
El escolar se hizo a un lado y dio paso al visitante, quien le retornó la reverencia y entró en el despacho con una lentitud increíblemente grácil. Se acomodó en uno de los sillones ante el escritorio y guardó su moneda. Hasfast se sentó en la silla tras la mesa, y observó a Truco con firmeza y un dejo de admiración.
Luego de un momento, los antinaturales ojos se levantaron y Truco habló "Los eventos han comenzado a desenvolverse. Has observado hasta ahora, ateniense, pero me temo que el momento de la contemplación ha pasado".
"Yo también lo temo. No obstante, ahora que estás aquí..." dijo Hasfast calmadamente "... Si es que realmente lo estás... he de aprovechar la oportunidad para preguntarte algo en lo que he cavilado por mucho tiempo".
La mirada de Truco perdió instantáneamente la intensa gravedad, y brilló risueña, llena de curiosidad "Dispara, vaquero".
"¿Qué hace a este punto del mundo tan exhuberante? He visto esta concentración de factores en otros momentos, pero jamás tan intensa, ni tan decisiva" Hasfast se arregló las plateadas gafas sobre la nariz, por reflejo.
"La esencia del Universo entero y de todas sus realidades es movimiento, librero" dijo Truco, sonriente "Pero todo movimiento es, en sí mismo, circular... redundante, si lo prefieres. Lo único que no redunda es el centro, el eje"
El bibliotecario bajó la mirada, pensativo, por minutos, o por horas. Al final, la subió de nuevo y sus ojos estaban más nítidos, iluminados con una luz siniestra y peculiarmente titilante "No comprendo tus palabras por ahora, Maestro. Pero las circunstancias me enseñarán su significado. Espero, por el destino de todo, que mi entendimiento no sea tardío"
Truco sonrió, literalmente radiante, y se levantó "Ha sido un extraño placer, Agonista. Las tradiciones de hospitalidad de tu tierra siguen intactas, según veo, y tienen en ti a un digno representante" Hasfast bajo el rostro, honrado. Truco prosiguió "Ahora, mi entera presencia es requerida lejos de aquí. O quizá no es requerida, pero sí necesaria. Toma" Con un rápido y fluído movimiento, sacó la moneda de plata y la lanzó en el escritorio, en donde quedó girando vertiginosamente "Redudancias. Sé que lo recordarás. Todo lo que hacen ustedes es recordar" Lo saludó con el sombrero y salió de la habitación, tan silencioso como había llegado.
Hasfast esperó a que la moneda se detuviese. Lo hizo sin caer en ninguna cara, permaneciendo en el canto. La tomó y la paseó por sus pálidos dedos unos instantes. Era cálida al tacto y claramente brillante.
Resuelto, apagó las tenues luces y activó los sistemas de seguridad. Esta noche, después de muchas decenas de años, había decidido salir a cazar. D.R.